Sismo de 1985: Seminario de Conservación preventiva en la CNCPC

Descargar PDF de la nota

Siendo México un país con una importante actividad sísmica debido a que las placas de Cocos y de Rivera, ubicadas en el sur y sureste del país, se están introduciendo bajo la placa Norteamérica, y ante la vulnerabilidad de la población y de su vasto legado cultural, la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural (CNCPC) realizó el seminario titulado “Conservación Preventiva en zona sísmica. A treinta años de los sismos de 1985, Ciudad de México” el pasado 23 de septiembre en el auditorio de la Escuela Nacional de Restauración, Conservación y Museografía (ENCRyM), con el objetivo de recordar este desastre natural como un ejemplo de situaciones de riesgo tanto para la sociedad civil como para el patrimonio cultural, en aras de evitar los errores cometidos en ese momento.

Luego de la inauguración a cargo de la directora de Conservación e Investigación de la CNCPC, María del Carmen Castro Barrera, el seminario tuvo la participación de la doctora en Geografía, María de Lourdes Rodríguez Gamiño, los arquitectos Iván Salcido Macías y Rubén Rocha Martínez, así como de los restauradores Alejandro Horacio Morfín Faure, del Instituto Nacional de Bellas Artes, y María Bertha Peña Tenorio, de la CNCPC.

La doctora Rodríguez Gamiño, profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), recordó que los sismos ocurren constantemente generados por el movimiento de las placas tectónicas, y específicamente en el territorio nacional, por la actividad volcánica del llamado Cinturón de Fuego y el Sistema Volcánico Transversal.

El arquitecto Iván Salcido Macías, autor del libro “Terremoto de 1985. 30 años en nuestra memoria”, explicó que la zona del centro de la Ciudad de México es el área donde el movimiento es más intenso porque está cargado de agua.

Expuso que el suelo siempre va a reaccionar igual ante una onda sísmica, es decir, tiene un periodo de vibración específico, así como las construcciones que también poseen un periodo de vibración determinado. Los arquitectos, antes de 1985, no tomaban en cuenta esta circunstancia porque existía la creencia de que las construcciones tenían capacidad para resistir los temblores ya que, antes de 1985, no se habían registrado daños graves.

El 19 de septiembre de 1985 a las 7:19 horas, un movimiento sísmico con epicentro en la costa de Guerrero y Michoacán, llegó a la Ciudad de México y las edificaciones empezaron a vibrar. El problema fue, explicó Salcido Macías, que las construcciones de cierta altura asentadas sobre el manto freático tuvieron un periodo de vibración coincidente con el periodo de vibración del suelo, entrando en resonancia lo que provocó el colapso de los inmuebles. Esto sucedió con las construcciones del primer cuadro de la Ciudad de México, desde el Viaducto Río Piedad hasta Tlatelolco (sur y norte) y de Avenida Insurgentes a la zona de San Lázaro (poniente y oriente), donde el Hospital Juárez, el multifamiliar Juárez, la torre de residencia médica del Hospital General, el  edifico Nuevo León de Tlatelolco, entre otros, se desplomaron causando cuantiosas pérdidas humanas.

El arquitecto Rubén Rocha Martínez, quien realiza dictámenes, asesorías y proyectos estructurales para la conservación y rehabilitación de monumentos arquitectónicos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), señaló que el sismo del 85 fue “arqueológico” en el sentido de que terminó con parte de la imagen urbana que tenía la Ciudad de México. Aunque cabe destacar que muchos edificios modernos se vieron dañados, en cambio algunas construcciones de los siglos XIX y principios del XX sufrieron solo afectaciones menores.

Agregó que los edificios históricos son de menor altura, están construidos en grandes extensiones de terreno y que sus sistemas constructivos, basados en la fábrica de piedra o de ladrillo, los hacen más “flexibles”. Se comportan similares a una balsa ante el oleaje sísmico, es decir, son sistemas que amortiguan los impactos y flotan sobre el suelo blando cuando entra en movimiento y, aunque los muros se puedan hundir, deformar o agrietar, no colapsan.

Una característica fundamental de los inmuebles históricos es que tienen simetría estática o estructural por su propio diseño arquitectónico basado en formas geométricas sencillas y simétricas, explicó Rocha Martínez, y los desplazamientos sufridos por la estructura durante el sismo son homogéneos. Los edificios modernos debido a la heterogeneidad de su diseño empiezan a romper esa simetría y es por eso que se vieron más afectados.

Por otro lado, el restaurador del Instituto Nacional de Bellas Artes, Alejandro Horacio Morfín, expuso la experiencia vivida por el personal del Centro Nacional de Conservación de Obras Artísticas del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) en 1985, cuando se convocó a técnicos restauradores voluntarios en brigadas para el rescate de patrimonio en edificios dañados. Esto implicó desde acciones inmediatas hasta la intervención de la obra afectada, así como su puesta en valor nuevamente, recuperando pintura mural de Diego Rivera en el Palacio Nacional, la obra “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, del mismo autor, en el Hotel del Prado, el mural de David Alfaro Siqueiros “La apología de la futura victoria de la ciencia médica sobre el cáncer”, en el Centro Médico Nacional del Seguro Social, por mencionar algunos.

Finalmente la restauradora María Bertha Peña Tenorio de la CNCPC, brindó una serie de acciones contempladas en el Plan Integral de Conservación Preventiva en Zona de Riesgo Sísmico, tanto de protección civil como de protección del patrimonio cultural.

Los comentarios están cerrados.